¿Se alegraría por la desaparición de los Paraísos Fiscales?

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  • 15-01-2019

Muchos piensan que la desaparición de los paraísos fiscales y con ellos de la evasión fiscal, tendría como consecuencia un mundo más justo y próspero, los que defienden la asfixia de los paraísos fiscales esgrimen sus argumentos: menos evasión de impuestos, significaría mayores ingresos de los Estados y por tanto más recursos para invertir en políticas sociales que aumenten el bienestar de los ciudadanos.

¿Pero es esto realmente cierto?

Recordemos un caso más o menos reciente, con el que podríamos trazar un paralelismo. ¿Recuerdan los tiempos del telón de acero y los régimenes comunistas? En nuestras sociedades occidentales capitalistas, no paraban de adoctrinarnos de lo malo que era el comunismo y sobre lo felices que seríamos todos si desapareciera. Asistimos al desmembramiento del bloque comunista, pensando que este hecho histórico, traería una ola de prosperidad a toda la economía mundial. ¿Pero qué ocurrió en realidad? ¿Se ha ampliado el estado del bienestar en nuestros países? ¿Existe mayor protección de los trabajadores? ¿Ha crecido la clase media y disminuido la pobreza?

Nuestros padres, aunque no contaban con el último modelo de televisión de plasma ni se iban de vacaciones al Caribe, pagaban sus casas en 10 años y compraban sus coches al contado, endeudarse era algo excepcional, prácticamente limitado a grandes compras como una casa. A nadie se le hubiera ocurrido endeudarse para unas vacaciones o para comprar un aparato de TV. Normalmente, trabajaba un solo miembro de la familia, cuyo salario bastaba para llegar a fin de mes y no era extraño jubilarse en la misma empresa en la que se había trabajado durante toda la vida. 

En los años 60 y 70, coincidiendo con una de las épocas duras del comunismo, se lograron importantes avances en la protección social de los trabajadores: Asistencia médica, protección e indemnización ante el despido, contratos fijos o vacaciones remuneradas, los sindicatos comenzaron a ser habituales en las empresas, al menos en el norte de Europa.

Hoy en día, todas estas conquistas están seriamente amenazadas, si no se ha empezado ya a recortarlas. Abundan los contratos basura, se presiona para reducir las indemnizaciones por despidos y no tardaremos en tener que hacer recortes en los sistemas de pensiones o la seguridad social. Precisamos en muchos casos de dos salarios para poder vivir y, aunque tenemos muchos bienes de consumo, gran parte de ellos los hemos comprado a plazos y no los hemos pagado todavía, lo peor es que muchas familias se ven obligadas a trabajar largas horas para pagar préstamos e hipotecas, mientras los hijos crecen abandonados a su suerte o educados por canguros y guarderías. ¿Realmente somos más prósperos que antes o estamos más esclavizados pero no nos damos cuenta por la cantidad de “morfina consumista” que nos inyectan?

Esta evolución puede que tenga bastante más que ver con la caída del fenómeno del comunismo de lo que en realidad creamos. Además de hacer imposible una verdadera globalización es innegable que el comunismo, por desagradable que pudiera resultar para los que vivían bajo los férreos regímenes de Europa del Este, tenía en cierta manera la función “contrapeso” del sistema capitalista. 

El sistema capitalista debía “guardar las formas” para hacernos ver lo afortunados que éramos de poder vivir bajo su “manto protector”, no fuera a ser que comenzáramos a hacerle guiños de complicidad al comunismo. Por ello los gobiernos se esmeraron en mitigar los efectos secundarios nocivos del capitalismo, introduciendo altos niveles de protección social y de los trabajadores, eran medidas necesarias ya que la instauración de un sistema de capitalismo salvaje, hubiera tenido como consecuencia el crecimiento de las clases altas y bajas, corriéndose el riesgo que estas últimas, se alzaran contra el orden establecido exigiendo la instauración de un régimen comunista. Esto ocurrió por ejemplo en algunos países de América Latina, donde se hiló mucho menos fino en la implantación del capitalismo, la velada amenaza del fantasma comunista, propició por ello en muchos lugares, el establecimiento de una forma de capitalismo más humano, más social.

Los cárteles tributarios

Algo parecido ha ocurrido con los paraísos fiscales frente a los Estados con impuestos altos. Si analizamos el impacto de la aparición de las jurisdicciones offshore durante las últimas décadas, se puede constatar perfectamente como contribuyeron a parar una subida de impuestos que hasta el momento había sido continua, esto ya ha sido analizado por diferentes economistas y librepensadores. Recomiendo la lectura del artículo de Daniel J. Mitchell, del Cato Institute “Los paraísos fiscales son una bendición”

El contar con un competidor feroz (esta vez bastante más espabilado que el burocrático y obsoleto sistema comunista) ha hecho que el llamado “cartel tributario”, es decir, el grupo de países del primer mundo con impuestos altos tuviera que tomar medidas. No sólo se vieron forzados a moderar la vorágine recaudatoria, sino también a realizar reformas en determinados impuestos injustos o, lo que es todavía más importante, dar pasos para la mejor administración de sus recursos, luchando contra el despilfarro. De no haber tenido esta necesidad, es más que probable que hubieran continuado las subidas de impuestos a la par que la dilapidación del dinero público. Con la amenaza de los paraísos fiscales sin embargo, cada nueva subida de impuestos suponía un riesgo importante de nuevas huidas de capital y traslados de empresas a otras jurisdicciones.

No falta quien asegura que esta es una afirmación de tinte neoliberal, pero supongamos por una vez qué ocurriría con un Estado que contase con cada vez más recursos, mientras estos se fueran sustrayendo de las empresas y de los beneficios de los individuos, en primer lugar, al igual que ocurría con las obsoletas y burocráticas economías comunistas, el Estado ya no tendría grandes alicientes para realizar medidas de contención del gasto público, ya que podría compensar cualquier déficit con nuevos impuestos, de los que los sufridos ciudadanos ya no tendrían escapatoria a ningún lugar, esto erosionaría cada vez más el poder económico de las empresas, que contarían con menos recursos para invertir y por tanto también para la creación de nuevos puestos de trabajo o la inversión en investigación y desarrollo.

Por otra parte, el mercado del capital también se resentiría. ¿Al fin y al cabo quién querría seguir realizando inversiones si la rentabilidad fuera cada vez más baja y estuviera sometida a mayores gravámenes? En un sistema en el que el ahorro y el éxito en los negocios se castiga con un sistema progresivo de impuestos que grava fuertemente a las rentas más altas, resulta más rentable endeudarse y acogerse a ayudas públicas, que trabajar duro, invertir o ahorrar. 

Las consecuencias de esto ya las estamos viendo en parte con la reciente crisis financiera, cada vez más personas que viven de subsidios y mayor estrangulamiento a los que trabajan, el resultado: menos consumo y menos ahorro.

Pero mientras que en un sistema como el mencionado, las empresas y los inversores, hoy día el principal motor de la economía, se resentirían, ganaría cada vez más importancia el sector público. El “padre Estado”, bien financiado, se tendría que ocupar de todo aquello que la asfixiada empresa privada ya no podría hacer, dando lugar poco a poco a una economía planificada mediante un programa de subvenciones y ayudas se mantendría en un estado semi-vegetativo a grandes sectores de la población, la cual ya no tendría revulsivos suficientes para producir o trabajar más, ya que con la progresividad en los impuestos acabarían cediendo al Estado gran parte de su duramente ganado ahorro. ¿Les suena de algo este sistema? ¿No se parece bastante más a los antiguos sistemas comunistas en los que el Estado omnipresente controlaba el sistema económico? Y de controlar la economía a controlar las libertades de los ciudadanos sólo hay un paso.”Quién paga manda” o como se ha dicho acertadamente: “primero muere el libre mercado, después la democracia”.

Con estas afirmaciones no se trata de hacer una defensa de la evasión fiscal, pero sí reivindicar la libre competencia en materia fiscal, que el club de los países ricos que conforman la OCDE trate de imponer su modelo fiscal a todos las demás naciones, en caso necesario recurriendo a presiones y sanciones, es todo menos democrático. ¿Acaso es de la incumbencia de la OCDE que otros territorios, ya sean paraísos fiscales o no, quieran cobrar menos impuestos a sus ciudadanos o decidan gravar sólo los beneficios obtenidos dentro de su territorio y no los obtenidos en el resto del mundo? ¿Por qué un país no iba a poder crear legislaciones favorables a los pequeños emprendedores que les permitan empezar un negocio sin importantes cargas sociales o tributarias que lo hagan inviable desde el principio?

¿Por qué no hacemos los mismos esfuerzos por imponer nuestros criterios en otros ámbitos, como salarios mínimos, derechos humanos o ecología? Es inmoral que pequeños países no cobren impuestos, pero explotar niños, arruinar el medio ambiente o subvencionar productos agrícolas con dinero público para inundar después los mercados del tercer mundo con los excedentes nos parece perfecto. ¿Por qué podemos producir en otro país sin ser penalizados y sin ser obligados a repatriar los beneficios, pero si decidimos invertir en acciones o poner dinero en una cuenta bancaria que estimamos más segura, debemos pagar por ello en nuestro país?
Y este aspecto no tiene nada que ver con dinero ilícito o lavado de capitales, hoy en día la persecución de estos delitos es ya una política unánime, también en aceptada por los propios paraísos fiscales.

Por todo lo expuesto, aunque desde luego todavía estamos lejos de que desaparezcan los paraísos fiscales, no deberíamos desear demasiado que llegue este momento. Al igual que con la caída del muro de Berlín y los regímenes comunistas nuestros “buenos chicos capitalistas” perdieron la vergüenza y comenzaron a recortar beneficios sociales sin ningún pudor, nuestros “Estados protectores” fácilmente podrían comenzar a perder la vergüenza recaudatoria y sacarnos hasta las entrañas. La economía podría resentirse fuertemente y entrar en parada “cardiorrespiratoria”, ganando el Estado cada vez más protagonismo. “Primero muere el libre mercado, después la democracia”.