¿Comprenden los empresarios el fraude fiscal?

Según una reciente encuesta sobre fraude fiscal realizada por un prestigioso diario español, aproximadamente la mitad de los empresarios del país Ibérico “comprenden” a los que defraudan al fisco y recurren a los paraísos fiscales. Con la actual situación de crisis económica y la más que probable subida de impuestos, muchos profesionales liberales y pequeños empresarios ven al fraude fiscal como única vía de “tirar para delante” y no dudarían en cometerlo si tuvieran la oportunidad.

¿Estamos ante una pérdida de moral de la clase empresarial? No lo creemos, esta realidad más bien parece plasmar el fracaso de los Gobiernos por transmitir una imagen de justicia y equidad fiscal. El ciudadano de a pie y sobre todo el empresario o comerciante, cada vez está menos dispuesto a rascarse el bolsillo para sufragar los gastos de una Administración que despilfarra multitud de recursos en pagar puestos artificiales, que malversa fondos en corruptelas internas, realiza costosa propaganda de partidos o impulsa proyectos faraónicos de dudosa utilidad social. 

Son muchos los ciudadanos que piensan que una adecuada gestión de los recursos haría innecesaria una subida de impuestos y, muy al contrario, incluso permitiría la reducción de estos, no es de extrañar que en los días que corren el fraude fiscal encuentre cada vez a más adeptos, que simplemente se niegan a pagar los platos rotos que dejó la “fiesta” de banqueros y especuladores.

La justificación de una subida de impuestos a cambio de ofrecer una mayor cobertura de servicios al ciudadano y un mayor desarrollo de las infraestructuras hoy en día tampoco es ya sostenible, cuando la tijera de los recortes sociales actúa por doquier, se congela la construcción de nuevas infraestructuras y se empiezan a plantear vías para que el ciudadano participe en la financiación de sus pensiones y gastos sanitarios. Por ello no es de extrañar que el fraude fiscal no sea visto con antipatía y que los perseguidos paraísos fiscales empiecen a florecer de nuevo con un futuro prometedor. Quizás no sea más que una manera de protestar contra unos Gobiernos que se niegan a adelgazar su mastrodóntica estructura y temen reclamar el dinero que “regalaron” a las entidades bancarias por temor a ser arrollados por el rodillo de los mercados.