Se han hecho muchos intentos para explicar la actual crisis. Se habla de las hipotecas basura, de oscuros negocios hechos en paraísos fiscales, de la crisis inmobiliaria… Obviamente muchos de estos factores han tenido su influencia, pero, entre bastidores, existe un problema de fondo que se podría decir que es el causante real de la crisis y que poca gente menciona: el INTERES (ese que nos pagan los bancos por nuestros depósitos a plazo fijo).
Vamos a explicar por qué. Basta tomar una de esas calculadoras de interés compuesto, que están disponibles en muchos sitios de Internet, para descubrir el asombroso poder multiplicador que tiene, a medida que sube el rendimiento y aumenta el número de años de una inversión. Por poner un ejemplo gráfico, fácilmente comprensible:
Un joven de 20 años deposita la cantidad de 15.000 dólares con la intención de crearse un plan de pensiones para su vejez. Pongamos que consigue rentabilizar su inversión con un 10% de interés. Si en toda la vida no vuelve a poner ni un solo penique más en la cuenta ¿sabe qué cantidad de dinero tendrá cuando se jubile a los 65 años? ¡Nada más y nada menos que 1.325.000 dólares! Imagínese qué ocurre si se deposita una importante fortuna… Esta se convierte entonces en una enorme bola de dinero, que crece y crece engullendo nuevo dinero sin parangón.
Para poder pagar semejantes cantidades de capital, el banco necesitará a su vez de inversiones altamente rentables, que le permitan generar los suficientes recursos para poder ir pagando la sangría de millones que le suponen los intereses de sus depositantes. ¿Qué tendrá que hacer el banco? En primer lugar tendrá que seguir una política de inversiones agresiva, lo cual es peligroso, debido a que en economía existe un binomio que se cumple casi por imposición divina, y que dice:
“Cuanto mayor rendimiento de una inversión, mayor es también su riesgo”.
Esto es bastante lógico, porque ¿quién prestaría dinero por ejemplo a una empresa con problemas financieros, si pagara el mismo interés por el préstamo que una altamente solvente? El riesgo que se corre debe ser recompensado adecuadamente.
En un principio, contar con sucursales en jurisdicciones offshore o paraísos fiscales fue de ayuda para los bancos, ya que la inexistencia de impuestos, la escasa regulación y la ausencia de controles de cambio entre otros, les permitía mover el dinero libremente e invertir en todo tipo de mercados internacionales, con escasos costes operativos. Pero esto no fue suficiente para calmar la voracidad devoradora de dinero de los intereses de sus clientes. Se recurrió entonces básicamente a dos alternativas: invertir en productos todavía más riesgosos (bonos basura, hipotecas de alto riesgo, etc.) pero que devolvían a su vez rentabilidades por encima de la media o abrir el grifo del crédito a todo aquel que tuviera una mínima posibilidad de endeudarse (en algunos casos como en Estados Unidos incluso a los que no la tenían). De este modo el ciclo se cerraba. Si el banco conseguía colocar un gran número de hipotecas, o mejor todavía créditos al consumo, podría obtener altas rentabilidades que compensaban los pagos a sus clientes capitalistas. Productos como tarjetas de crédito son altamente rentables para el banco, ya que cualquier aplazamiento que solicite el cliente, se puede gravar fácilmente con intereses de entre un 15 y un 25% TAE. El cliente medio, debido a que paga en cómodas cuotas, normalmente no se da cuenta de los interesas que realmente le están cobrando y que en ocasiones casi rozan la usura. Tal vez si supiera que su nueva televisión, que va a pagar durante los próximos cinco años finalmente le costará cinco veces su precio, se lo pensaría un poco más antes de comprarla.
Con este filón que encontraron los bancos, obviamente estaban muy dispuestos en ampliar la línea de crédito a sus clientes, siempre y cuando pudieran seguir pagando la cuota mensual. Muchos usuarios de tarjetas se sorprendían que en cuanto estaban a punto de agotar el crédito disponible, como por arte de magia llegaba una carta del banco informándoles de una nueva ampliación de su línea de crédito. Y si llegaba el momento en que el cliente comenzaba a tener problemas de liquidez reales, se refinanciaba toda la deuda en un único crédito, rebajando así la cuota y permitiendo al banco salvar el principal y seguir ganando, aunque con un interés más moderado. Total, para entonces ya había recuperado varias veces el importe del préstamo inicial.
Este sistema funcionó durante algunos años, hasta que las posibilidades de endeudamiento razonable del ciudadano de a pie se empezaron a agotar. Se intentó seguir manteniendo el flujo de crédito rebajando las exigencias para su concesión, alargando el número de años para poder pagar, etc. El riesgo aumentó y finalmente ocurrió lo que tenía que ocurrir. Empezaron los impagos y las inversiones fallidas. Los bancos empezaron a tener problemas de liquidez y endurecieron sus políticas de concesión de crédito para evitar más impagos. Los consumidores y las empresas, que se habían acostumbrado a vivir con un nivel de endeudamiento importante, de repente vieron recortadas sus líneas de crédito. La consecuencia fue inmediata: frenazo al consumo, descenso de la producción de las empresas, recortes de gastos y reducción de plantillas. En definitiva, desempleo, recesión, deflación y crisis financiera.
Los bancos comenzaron a tener un serio problema. El consumidor medio ya no tenía posibilidad de endeudarse con garantías, con lo que perdían una de sus más importantes fuentes de financiación. Con el parón de la construcción, se firmaban menos hipotecas y hubo que denegar otras muchas ante el riesgo de que acabaran en insolvencia. Para colmo, algunas sus mejores inversiones acabaron resultando ser fraudes millonarios o productos basados en créditos inmobiliarios con un alto porcentaje de impagos. Y los precios de los inmuebles embargados cayendo en picado…Pero los millones de dólares depositados por los clientes, en gran parte ya consumidos por el banco, seguían pidiendo alimentar su hambre de intereses, por lo que los bancos tuvieron que empezar a tirar de reservas.
Finalmente la situación de algunos se volvió insostenible. Con la ciudadanía ahogada por las deudas y sin capacidad de nuevo endeudamiento y la desaparición de los productos de inversión de alta rentabilidad, sólo quedaba uno que podía endeudarse para reflotar el sistema: el Estado. Este, para evitar males mayores se vio obligado a inyectar cantidades ingentes de capital al sistema financiero, para evitar su colapso. Si no hubiera sido así estaríamos ante un nuevo crack como el del año 1929, en el cual el sistema tuvo que “resetearse”, olvidándose de todos los intereses y capitales pendientes de pago y haciendo borrón cuenta nueva mediante una devaluación salvaje de la moneda. Si el dinero ya no vale nada, la deuda desaparece.
En la actualidad, se hace necesario que se produzca otra reiniciación del sistema, pero debido a las consecuencias sociales que esto arrastraría se ha intentado evitar por todos los medios, incluso comprometiendo a las arcas del Estado. Si esto surtirá efecto, o si no servirá simplemente para ganar unos años más hasta que llegue el colapso definitivo, es discutible. No obstante, opinamos que aunque la economía real se recupere y empiece a crecer de nuevo, es harto difícil que pueda generar los recursos suficientes, no sólo para equilibrar la balanza en entre ingresos y pagos (de intereses) de los bancos, sino también para a la vez reequilibrar las cuentas de los Estados. El ciudadano de a pie, en la mayoría de los casos, arrastra todavía un importante montante de deudas acumulado en épocas anteriores de consumo desenfrenado y tardará años en poder volver a la senda del endeudamiento. Por otro lado, muchos opinan que el mundo de la inversión ya no volverá a ser el mismo tampoco. Se esperan una batería de regulaciones que hagan más difícil las operaciones especulativas de alto riesgo.
Con este panorama, algunos piensan que la solución consiste en la recuperación de capitales depositados en paraísos fiscales o centros financieros offshore. Esta idea sin embargo es engañosa porque, si bien sí puede aliviar las cuentas de los Estados desarrollados mediante la recuperación de dinero en impuestos, no solucionará el problema de liquidez de los bancos. Lo único que ocurriría es que se moverían capitales desde los bancos offshore a los onshore. Generalmente estas entidades pertenecen a los mismos grupos bancarios, por lo que no resolvería la situación de falta de liquidez de los bancos. Muy al contrario, al tener mayor cantidad de dinero onshore, pagarían mayores impuestos por sus beneficios que cuando operaban offshore, por lo que su situación se haría todavía más delicada.
¿Cuanto tiempo serán capaces los Estados y el tímido consumo incipiente de los ciudadanos a alimentar la incesante sangría de intereses que demandan los depósitos bancarios (de los que como hemos dicho en muchos casos el capital inicial depositado ya se gastó) antes de que el sistema vuelva a colapsar? Nadie lo sabe con certeza, pero parece claro que ese día llegará tarde o temprano y que colapsará con todas las de la ley. Y esto no lo provocará la crisis del sector inmobiliario, ni un estafador llamado Bernard Madoff, ni siquiera el dinero depositado en los paraísos fiscales; sino algo tan simple y a la vez crucial en nuestro sistema económico como lo es el pago de intereses. Esa pequeña ganancia que todos perseguimos y con la que nos intentamos enriquecer, pero que convierte nuestro próspero sistema capitalista en un enorme esquema de Ponzi, en el que todos prosperamos y seguimos metiendo dinero, hasta que algún día reviente.